Los antojos pueden ser una señal de carencias de tu cuerpo


¿Cuántas veces has sentido un irresistible antojo traducido en deseos de comer algo dulce o salado o harinas? Y lo sacias con lo primero que encontrás. Y después… la culpa y el arrepentimiento porque te saliste de la dieta. A la vez que sentís que no puedes quedarte con las ganas.

¿Qué hacer, entonces? Esa pregunta se la trasladamos a la doctora Graciela Varela, homeópata y especialista en nutrición consciente. La médica nos saca un poco la culpa: “La globalización y la evolución de la sociedad han traído consigo no sólo aspectos positivos como el acceso a una variedad más amplia de alimentos, sino también la adopción de hábitos no saludables (comida rápida o procesada, alimentos chatarra, productos light, gaseosas, aguas saborizadas, panificados), así como la menor disponibilidad de tiempo para cocinar”.

Intensos y frecuentes

Los antojos pueden estar indicando alguna carencia del cuerpo. El problema es que no estamos preparados para distinguir esa falta. “Suele argumentarse -dice Varela- que si el cuerpo lo pide es porque lo necesita. Pero, si deseas carne, ¿estás seguro de que a tu cuerpo le hace falta un buen bife?”.

Para algunas personas los antojos comienzan a ser un problema cuando son intensos, frecuentes, y no les permiten bajar de peso o controlar su glucemia o sobrellevar alguna enfermedad crónica.

Varela destaca que la relación antojo-necesidad no se puede explicar de manera simplista ni mecanicista, porque estamos hablando de un complejo cuerpo-mente-emociones.

“Cuando hay antojos se dispara en el cuerpo una señal bioquímica que se traduce en la psiquis como el deseo por determinada sustancia-detalla. Los circuitos del hambre y la saciedad están regulados por el sistema neuroendocrino, que recibe a su vez señales del tejido adiposo y del aparato digestivo en una permanente retroalimentación. Si interferimos su buen funcionamiento generando un exceso o un déficit de los mensajeros químicos implicados en hacernos comer o interrumpir la ingesta, perdemos la capacidad natural de saciarnos y empezamos a sentir deseos irrefrenables de ciertos alimentos”.

Adicciones

Entre las posibles causas de los antojos, que también pueden entenderse como deseos adictivos, figura el consumo excesivo de hidratos de carbono, destaca la especialista.

“El hidrato de carbono representativo es la glucosa, de la que se obtiene energía. Si baja su concentración sanguínea, se siente cansancio, inestabilidad física y emocional. Mucha gente que sufre hipoglucemia cree que lo que le bajó es la presión. Pero come algo dulce y ‘revive’. Sin embargo, si el cuerpo pide dulce, y consumimos alimentos ricos en hidratos de carbono de absorción rápida, se desestabiliza la secreción de insulina por exceso de estímulo y robo de micronutrientes. Por eso, cuando se comen dulces, chocolate, miel, papas, arroz blanco, alcohol o harinas blancas, tales (galletitas, pan, pastas, facturas, pizza) la glucemia baja desmedidamente luego de haber subido, lo que se conoce como efecto rebote. Y la consecuencia es un exagerado deseo de consumir cosas dulces o harinas. Y se transforma en un círculo vicioso”, describe la médica.

Advierte que el azúcar refinada “no es necesaria para alimentarnos. Se trata de un ingrediente con calorías vacías que aumenta el almacenamiento de grasa en el cuerpo, pero no sacia el hambre. Por el contrario, engaña al cerebro haciéndole creer que tiene hambre”.

Azúcar y gluten

La alteración química de la composición de la sal, del azúcar o de las grasas también son responsables, por ejemplo, de que la comida chatarra se vuelva irresistible. Una sustancia adictiva que suelen tener estos alimentos es el glutamato monosódico. Otra sustancia adictiva es el gluten, presente, sobre todo, en el trigo. “El gluten es una proteína grande y compleja cuya proporción se ha triplicado debido a la tecnología agroindustrial. Además de ocasionar celiaquía e intolerancia al gluten en todas sus variantes, presenta propiedades adictivas; ya que al llegar al sistema nervioso los péptidos procedentes de su digestión estimulan los receptores opiáceos (similares a la morfina) que crean apego a su consumo”, destaca Varela.

Y señala: “el trigo no está solo en los panificados sino también ‘enmascarado’ en lácteos, fiambres, salsas, conservas de carne y de pescado, golosinas, sucedáneos del café, helados y chocolates, entre los productos más comunes”.

CARNE.– En caso de estar faltando proteínas, quizá la primera imagen que aparece sea la carne. Esto ocurre por un condicionamiento previo. Pero la necesidad de proteínas puede satisfacerse con otros alimentos del reino vegetal ricos en dicha sustancia.

Chocolate.- Tal vez nuestro cuerpo esté necesitando cromo, magnesio o vitaminas del complejo B.

Frituras.- Pueden representar la necesidad de grasas, tan demonizadas, pero absolutamente necesarias. Hay que consumir las que son saludables: palta, aceitunas negras o griegas y aceites de chía, de oliva extra virgen, de girasol de alto oleico o de coco.

Salados.- Puede deberse a una necesidad de electrolitos y agua, que puede saciarse, por ejemplo, con un delicioso jugo verde (por ejemplo jugo de pepino con apio) o un rico puré de palta con limón y sal rosada.

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